
Plásticos de un solo uso, la gastronomía chilena enfrenta su prueba más exigente.
La industria gastronómica chilena vive un momento de transformación. Desde el 13 de febrero de 2026 comenzó a regir la fase más estricta de la Ley 21.368 de plásticos de un solo uso, obligando a los locales a eliminar completamente estos productos en el consumo dentro de sus instalaciones. La normativa marca un antes y un después: vajilla reutilizable pasa a ser la regla, mientras que los desechables quedan limitados al delivery o retiro, y solo a solicitud del cliente. El objetivo es claro: reducir residuos y avanzar hacia un modelo más sostenible.
Una implementación desafiante
Desde el Gobierno, el avance ha sido valorado como un hito. La exministra del Medio Ambiente, Maisa Rojas, ha señalado que “esta ley apunta a un cambio cultural profundo, donde dejemos atrás la lógica de usar y botar”, destacando que el foco está en modificar hábitos tanto de empresas como de consumidores.

Sin embargo, en el sector gastronómico la percepción es más compleja. Desde la Asociación Chilena de Gastronomía (ACHIGA), su presidente, Máximo Picallo ha advertido que “compartimos el objetivo ambiental, pero la implementación ha sido apresurada y con poca claridad en aspectos técnicos”, especialmente en lo relativo a materiales permitidos y certificaciones. Picallo también ha subrayado el impacto económico: “No todos los locales tienen la misma capacidad de adaptación, y los costes asociados a este cambio son significativos, sobre todo para pymes”.
Desde el mundo ambiental, el apoyo a la ley es contundente. La directora ejecutiva de Oceana en Chile, Liesbeth van der Meer, ha afirmado que “esta es una de las políticas más importantes para reducir la contaminación por plásticos en el país”, recordando que gran parte de los residuos encontrados en playas proviene de productos de un solo uso.
No obstante, también ha planteado la necesidad de fortalecer la normativa: “Es clave asegurar que las alternativas realmente sean sostenibles y no generen nuevos problemas ambientales”.
A pocas semanas de su entrada en vigor, la ley ya está generando cambios visibles en la operación de restaurantes y en la experiencia de los clientes. La fiscalización comienza a intensificarse, mientras el sector se ajusta a una nueva realidad. El desafío ahora será lograr un equilibrio entre sostenibilidad y viabilidad económica, en un proceso que recién comienza.
La gastronomía chilena, en pleno proceso de adaptación, enfrenta así una transformación que va más allá de lo operativo: un cambio cultural que redefine la forma en que se produce, se sirve y se consume.







