
Andrea Ortiz: la chilena que llevó el realismo dulce a la cima de Netflix
En un mundo saturado de pantallas, donde la realidad se confunde con la ilusión, una joven de Talcahuano ha conseguido que millones de espectadores duden de sus propios ojos. Andrea Ortiz, repostera chilena radicada en Vancouver, se coronó ganadora de la edición especial de Halloween de la cuarta temporada de Is It Cake?, el popular programa de Netflix que desafía a reconocer qué es real y qué es pastel. Su triunfo, celebrado tanto en Canadá como en Chile, es también el reflejo de una historia de perseverancia y talento que comenzó en una cocina del Biobío.
Ortiz, formada en Administración Gastronómica en Inacap, partió de Chile en busca de nuevas oportunidades. En Vancouver encontró un laboratorio perfecto para su creatividad: un entorno multicultural, competitivo y exigente, donde sus pasteles hiperrealistas comenzaron a llamar la atención. Mucho antes de aparecer en televisión, ya dominaba un estilo propio: figuras minuciosas, colores precisos y una obsesión casi científica por la textura adecuada. Sus publicaciones en redes sociales mostraban carrozas, personajes fantásticos y piezas minuciosamente talladas en azúcar, lo que anunciaba el nivel que más tarde verían los millones de espectadores del programa.

La competencia de Is It Cake? no es un simple concurso de repostería. Es un juego de engaño visual y técnica extrema. Los participantes tienen apenas ocho horas para replicar objetos reales —desde ositos de goma hasta piezas inspiradas en el Grim Reaper— y presentarlos ante un jurado que debe adivinar cuál es el pastel. Ortiz no solo engañó al panel en dos de las pruebas decisivas; también logró que su trabajo transmitiera algo más que habilidad: transmitió nostalgia, emoción y una identidad clara que mezclaba la memoria chilena de su infancia con el refinamiento técnico aprendido en el extranjero.
Quizá esa autenticidad explica el impacto que tuvo su participación. Mientras competía en California, la familia de Ortiz en Chile desconocía que ella ganaría. Decidió mantenerlo en secreto para evitar filtraciones y preservar la sorpresa. Solo cuando se emitió el capítulo, su entorno pudo compartir con ella la alegría de haber obtenido el premio de 51.000 dólares y un reconocimiento internacional que abre puertas y conversa con sueños que se han ido construyendo desde hace años.

En entrevistas posteriores, Ortiz ha dicho que no compitió para demostrar nada, sino para disfrutar y honrar el oficio. Aun así, su victoria la convierte en un símbolo: el de los talentos que emigran, trabajan con perseverancia y regresan —aunque sea a través de una pantalla— para inspirar a un país entero.
La historia de Andrea Ortiz es, en esencia, un recordatorio de que la creatividad no tiene fronteras y que, incluso desde un pequeño taller en el extranjero, se puede conquistar el mundo a punta de azúcar, precisión y mucha identidad.
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