Más allá del altar: la receta de vida del Papa Francisco

A lo largo de su vida y durante su tiempo como Papa, Francisco se destacó por su cercanía, calidez y forma directa de comunicarse. Sin embargo, hay un aspecto menos comentado que revela mucho sobre su personalidad: su relación con la comida. Siempre eligió lo sencillo y auténtico por sobre los lujos del Vaticano. Para él, comer era un acto profundamente humano y espiritual.

Antes de convertirse en líder de la Iglesia Católica, Jorge Bergoglio ya mostraba su gusto por la cocina. Cuando era rector del Colegio Máximo de San José, en Buenos Aires, solía preparar almuerzos para la comunidad jesuita los fines de semana, especialmente los domingos. Lo hacía por vocación, no por obligación. Sus platos más recordados eran los risottos y los calamares rellenos, comidas simples pero elaboradas con dedicación. Cocinar era, para él, otra forma de cuidar a los demás.

Su vínculo con la cocina estaba profundamente ligado a sus raíces ítalo-argentinas. Su abuela Rosa, inmigrante del Piamonte, fue clave en su formación afectiva y espiritual. Con ella compartía momentos en la cocina y aprendió el valor de los platos tradicionales. Uno de sus favoritos era la bagna cauda, una preparación típica del norte de Italia que se sirve en ocasiones especiales y simboliza el encuentro y la comunidad.

Entre sus comidas preferidas también estaban las empanadas de carne, el clásico asado argentino y la pizza Margarita. Incluso ya siendo Papa, pedía que le llevaran una porción de pizza al Vaticano, no por antojo, sino como una forma de conectar con su identidad y sus recuerdos.

El mate era parte de su vida diaria y nunca dejó de tomarlo, ni siquiera en Roma. En ocasiones especiales disfrutaba una copa de vino, siempre con moderación. En cuanto a los dulces, tenía predilección por sabores de su infancia como el bunet, un flan con chocolate típico del norte de Italia, y los alfajores de dulce de leche, aunque prefería los que no tenían cobertura de chocolate. Un gesto que marcaba su estilo de vida era evitar la piel del pollo, no por razones de salud, sino por humildad, como una forma de mantenerse sobrio incluso en los detalles.

Para Francisco, comer era más que alimentarse. Veía en la mesa un espacio sagrado para el diálogo y la conexión familiar. Insistía en la importancia de compartir las comidas sin distracciones tecnológicas, y decía que una familia que no conversa en la mesa pierde un momento esencial de vínculo. Comer juntos, para él, era un acto de amor.

También se preocupaba por el acceso desigual a los alimentos. Denunció repetidamente que, en un mundo donde se desperdicia comida a diario, millones aún pasan hambre. Llamó a una responsabilidad colectiva y defendía la mesa como un símbolo de igualdad, donde nadie debía quedar excluido. Su visión sobre la comida reflejaba su idea de una Iglesia cercana, abierta y compasiva.

El Papa Francisco dejó una huella no solo en lo espiritual, sino también en los gestos cotidianos. Su forma de relacionarse con la comida es un recordatorio de que el amor también se transmite en lo compartido: en un plato, en el pan partido, en un mate ofrecido. Su ejemplo invita a valorar lo simple, lo humano, lo esencial.

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